Hay profesiones que se eligen y hay otras que se sienten desde el alma. Ser educadora pertenece a esas que se viven con el corazón, con paciencia infinita y con una ternura que deja huella para toda la vida. En cada aula de preescolar no solo se enseñan colores, letras o números, se siembran sueños, se construyen seguridades y se abraza el futuro de una sociedad entera.
Ser educadora es aprender a mirar el mundo a la altura de los niños, entender sus silencios, celebrar sus logros más pequeños y sostenerlos en sus primeros tropiezos. Es convertir cada día en una oportunidad para descubrir, para reír, para confiar. Es ser guía, pero también cómplice de sus primeras aventuras; es ser refugio y, muchas veces, ese primer ejemplo que recordarán siempre.
Medio siglo dedicado a la educación respalda la historia de Oralia Sánchez Martínez, una mujer que ha encontrado en el preescolar no solo una profesión, sino una forma de vida. Su testimonio está lleno de emoción, de gratitud y de ese amor genuino que solo nace al trabajar día a día con la infancia.
“Ser educadora para mí es una gran experiencia, un orgullo para mi familia y para mí. Siempre les digo a las compañeras, maestras, que, por favor, hagan que los niños sean felices aprendiendo; debemos sentirnos afortunadas de poder tenerlos y trabajar con ellos, acompañarlos en los aprendizajes. Son tan auténticos, son esas almas limpias, esos ojos transparentes, esas miradas curiosas. Veo en ellos esas ganas de aprender; es un gran compromiso con ellos y con nosotros, es hacer que nuestros alumnos, desde el preescolar, comiencen a definir los sueños que ellos quieran realizar cuando sean adultos”, subrayó.
Por su parte, Laura Torres Carrillo, con 56 años de vocación, es testimonio vivo de lo que significa entregar la vida a la enseñanza. Su historia no solo se mide en el tiempo, sino en las huellas que ha dejado en generaciones enteras.
“Para mí, ser educadora ha sido la mejor decisión que tomé, porque los niños, las maestras, las directoras, todo el personal ha colaborado con mi trayectoria profesional y con lo que he crecido también como persona. Fundé el Jardín de Niños Concepción Maldonado en la colonia Gremial, en unos lavaderos públicos; me enorgullece porque contribuí a que los niños aprendieran. Ahora el jardín está en la colonia La Estrella. Para mí ser educadora en Aguascalientes es un orgullo”, mencionó.